viernes, 1 de febrero de 2008

Caná de Galilea

“Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. No tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado. En esto dijo la madre de Jesús a éste: No tienen vino. Dijole Jesús: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? No es aún llegada mi hora. Dijo la madre a los servidores: Haced lo que Él os diga. Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres metretas. Dijoles Jesús: Llenad las tinajas de agua. Las llenaron hasta el borde, y Él les dijo: sacadlo ahora y llevadlo al maestresala. Se lo llevaron, y luego que el maestresala probó el agua convertida en vino, él no sabía de dónde venía, pero lo sabían los servidores, que habían sacado el agua, llamó al novio y le dijo: Todos sirven primero el vino bueno, y cuando están ya bebidos, el peor; pero tú has guardado hasta ahora el vino mejor. Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos. ( San Juan 2,1-11 )

Caná de Galilea dista 7 km. de Nazaret y 23 de Tiberiades. Muchas veces recorrió Jesús este camino. De sus habitantes: 10.000, son árabes, 2.400, cristianos: greco ortodoxos, greco-malquitas y latinos-católicos. A la entrada de la aldea, sigue manando la fuente donde cogieron el agua para llenar las tinajas, destinadas a los ritos purificatorios. Bajamos del autobús y por una calle estrecha, empedrada, con muros a la derecha y a la izquierda, llegamos a la iglesia franciscana, construida en 1879, sobre las ruinas de otras más antiguas: judeo-cristiana, bizantina y cruzada. Destacan, en el exterior, dos torres gemelas y la cúpula roja; en el interior, en el altar mayor, un cuadro con Jesús y María en las bodas de Caná; en la cripta, otro cuadro con Jesús junto a María, bendiciendo las tinajas de agua que milagrosamente convertiría en vino.

Ante el altar mayor, los 8 matrimonios que había en el grupo ocupamos las primeras filas de bancos; los otros peregrinos se situaron más atrás. Allí, una peregrina lee el Evangelio de San Juan ( 2,1-11 ), él que relata la conversión del agua en vino. El padre Emérito, con el mismo ritual que la iglesia utiliza cuando celebra un matrimonio, lee los textos correspondientes y es testigo de la renovación de la promesa de fidelidad que hacemos los casados. Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer y serán los dos una misma carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Y a continuación, dirigiéndose a los esposos, dice:

Recibes por esposa a… para... Recibes por esposo a… para...
Se escucha una única respuesta de los matrimonios: SI.

Por el lugar donde se hace esta promesa, nada más y nada menos que en el mismo donde Jesús de Nazaret asistió con su Madre a las bodas de Caná y realizó el primero de sus milagros; por que con su presencia en aquel acto santifico el sacramento del matrimonio, por los muchos años transcurridos desde aquel que fue el día de nuesta boda, 40, hace ya, porque allí acuden a casarse y renovar su matrimonio gentes de lejanas tierras y de noble alcurnia; por la propia implicación personal en un hecho tan importante en mi vida terrenal, pues soy, como los demás, autor y actor principal; el acto que celebramos es de mucha tensión emocional.

Acuden a mi mente imágenes frescas, vivas, nítidas, llenas de colorido y vida, pese al tiempo transcurrido. Son imágenes de un primero de octubre del año 1956, a las cinco de la tarde de un día claro y sereno, de un día de sol radiante, en la iglesia de la Concepción de la madrileña calle Goya, cuando una joven que, pasados dos días, 20 años va cumplir y un joven con 22 cumplidos ya, ante el altar mayor y en presencia de la Inmaculada Concepción y muchos amigos y familiares, sonando el órgano con música nupcial, a la derecha mi padre, a la izquierda, vestida de traje blanco, velo blanco, guantes blancos, flores blancas, la novia que me parecía angelical y que pronto se convertiría en esposa, a las preguntas del sacerdote: Quieres por esposa para... Quieres por esposo para... ambos decidimos decir: SI, quiero. ¡Cuántos proyectos, cuántas ilusiones, cuántos sentimientos y emociones puros, limpios, brotaron, en aquel momento, de nuestros enamorados corazones!.

Con un beso de los esposos, con la felicitación del sacerdote, con un fuerte, enérgico, atronador aplauso de los compañeros peregrinos, con las bendiciones de mi hermano Amadeo, también, ¡o casualidad !, a las cinco de la tarde de un día claro, sereno, sol radiante, en una iglesia muy lejos de Madrid y de España, en la iglesia franciscana de Caná de Galilea, terminó aquel acontecimiento, tan emotivo, tan íntimo, tan trascendente en nuesta vida personal.

Un documento, que de allí vino y en nuestro poder está, da fe de cuanto he dicho con sincera verdad. El documento, que ya enmarcado está, dice : Cana of Galilee the Latin Church. Por el presente Certifico que: D Antonio Blanco y Dª Laura Carril, han renovado ante mí y en el Santuario de Caná de Galilea el consentimiento matrimonial, que prestaron el día de su boda. Cana de Galilea dos de septembre de 1996. El Director Espiritual de la Peregrinación. Emérito Merino.

Casarse, según la fe católica, es una de las cosas más transcendentales de la vida. Porque obliga a los esposos a permanecer juntos hasta la muerte, compartir proyectos comunes, educar a los hijos en la fe, perdonar y ser perdonados, entrega mutua desinteresada, comprensión y tolerancia… En el mundo que nos ha tocado vivir, la convivencia, a veces, no es fácil. Por eso, además de mucha comprensión y tolerancia, necesitamos la ayuda de Jesús y de su madre, María, para superar los momentos difíciles.
A la salida, en el atrio de la iglesia, sucede algo ya ritual: fotografías, vídeo...

Frente a la iglesia, en la otra acera de la calle, entramos en una tienda de regalos.Nos invitaron a tomar un vaso vino de Caná. Era un vino tinto, un vino dulce, un vino de muchos grados, un vino que se me antoja peleón, un vino agradable al paladar, un vino con el que celebrábamos la renovación del vínculo conyugal, en el mismo lugar en que Jesús y María, con su presencia, santificaron el sacramento del matrimonio.

De vuelta al autobús, en aquellas calles de la ciudad, vimos humildes casas con pequeños huertos, higueras, cactus, granados, cipreses...


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